Mi experiencia con Queen

Vanessa Fereira Variedades

Por: César Arriba

El título de esta nota es medio tramposo. Buscando atrapar como clientes lectores a unos cuantos miles por ahí que andan buscando información sobre la película que puso de moda a la banda británica del señor Mercury. Pero no, no voy a hablar de la película; no la he visto, no ha llegado aquí y si llegara tal vez no la vea porque no soy de ir al cine. Estoy en contra de los lugares cerrados y oscuros donde no se me permite beber, fumar ni decir groserías a todo volumen.

Creo que la última vez que fui al cine me llevaron esposado y apuntándome con una ametralladora en la nuca para ver “Vanilla sky”, gran película por cierto, (debo decir que me gustó). Era con Tom Cruise, su hermana Penélope y Cameron Díaz, la hija de Baudilio.

Pero bueno, lo cierto es que me parece bien que la película de Queen esté de moda y que su música se esté escuchando hasta debajo de las piedras. Estamos ante un movimiento gigantesco e imposible de frenar, que de manera muy efectiva anda por el mundo desinfectando millones y millones de oídos, los cuales habían sido sometidos y humillados por los asquerosos gérmenes del reggaetón.

Ahora mucha gente que me veía como un loco de carretera se me acerca para preguntarme por Queen. Se interesan por mis discos, mis revistas y los vídeos que he ido acumulando en estos casi 40 años de absoluta devoción en los que le he picado a estos ingleses resucitados, cientos de pollos, tortas y hasta he llegado a gratinarles pastichos de berenjena.

Por eso, aprovechando el boom a ver qué saco de eso, voy a contar aquí un poco de cómo conocí a Queen y cómo eran percibidos en estas tierras en los años setenta y ochenta . En aquellos lejanos tiempos los amiguitos mios iban a lo de las bicicletas y a rasparse las rodillas jugando cosas, mientras yo iba a las discotiendas. Eso hizo que luego en la adolescencia cuando quise incursionar en el asunto deportivo, fuera yo bastante cacha floja en mi desempeño.

Bueno, antes de cumplir los diez años de edad, ya contaba con una ecléctica colección de discos: Beatles, la vecindad del Chavo, Rolling Stones, Las gaitas de Joselo, Kiss, Héctor Lavoe, Patrick Hernández, Village People (si, Village People, sé que debo morir por eso, pero entiendan, era solo un niño vale) AC/DC, Rubén Blades y el de Zeppelin donde venía “Escaleras al cielo”.

Entonces un día estoy revisando a ver qué cosa distinta conseguía para ampliar los horizontes en una discotienda grandota que había en La Victoría y de repente veo un álbum cuya portada (una de las varias que ha tenido) mostraba a unos tipos con unas ropas raras, unos instrumentos, un pocotón de bombillos y lo más impactante: todo o casi todo en esa foto estaba cubierto de humo. ¡Mucho humo! Les explico, mis gustos infantiles eran variados como ya notaron con lo de la colección de acetatos, pero antes de la música, a mí de lo relativo al estilo rock me atrapó fue la parte visual. Yo era un lector de comics y vivía en un mundo de ciencia ficción. Por eso estos tipos me capturaron con esa foto. Porque el rock para mí era precisamente eso: luces, trajes, greñas, guitarras y humo. Señores, esto explica por qué para mí no hay nada más rockero que una parrillada. No hay nada más rockero que el tubo de escape de mi carro que por un asunto de motor, bota mucho humo.Y no lo pienso arreglar porque sino mi vehículo dejaría de ser rockero.

Aquel dísco cuya tapa recordaba a una manifestación universitaria dispersada por unas lacrimógenas era “A night at the opera” de Queen y, por supuesto, lo compré. 34 bolos me costó, lo que representaba una fortuna para un niño. ¡Ay mamita querida! cuando yo escuché aquello al llegar a casa. Les digo que no entendía nada pero me gustaba mucho. Yo cantaba: Mama Mía Mama mía Mama mía le picó. Le picooooó. Muchos de los que me escucharon en esa, decían que me estaba picando era el que te conté.

Enloquecí por Queen inmediatamente. Era temporada de vacaciones y estaba con los abuelos, así que fueron ellos quienes desde los bolsillos sufrieron el nuevo capricho musical de su nieto, que con esas inquietudes artísticas, informaba oficialmente a los viejos de mis viejos que ni médico ni ingeniero iba a ser. Me compraron “A day at the races”, “sheer heart Stack”, “live Killers” (mi dísco en vivo favorito de todos los tiempos), “news of the world” y otros más. Aquello era Disney para mí. Un parque de diversiones para mis oídos.

Comencé a percibir que Queen era una banda más conocida de lo que pensaba, y eso me ayudó a desarrollar nuevas amistades, gente un poco mayor que yo que me culturizaba rápidamente sobre este y otros proyectos musicales bien malandros. Y mientras me ocupaba de aprenderme de memoria toda su discografía de los 70, de repente !PUMMM! me explota en la cara el disco “The Game”.

Era el año 1.980 y este grupo a nivel comercial, acababa de matar a la perra con todos los perritos. Canciones como “another one bites the dust” y “crazy little thing called love” aparecían en la radio cada vez que respiraba un chino. Alfredo Escalante los presentó en su mítico espacio de tv “La música que sacudió al mundo” y ya con eso no había vuelta atrás, si aparecían en el programa de Escalante donde ya había visto a Lennon, Yes y Génesis entre otros, este grupo Queen tenía que ser el progenitor de los “ice-creams”

Éxito brutal era lo que tenían en aquel entonces. Olvídense de Michael Jackson y Elton John en ese año. Queen era “el artista del momento”. Salían en todas las revistas a cada rato y como si fuera poco, al año siguiente vinieron a Venezuela. Yo era muy chamo y no me dejaron ir al Poliedro. Caí en profunda depresión, quería morir de verdad; de hecho traté de suicidarme intentando cortarme las venas con el filo de una galleta María. Fue una experiencia extenuante, la galleta se volvió polvo, no cortó nada, me cansé y me fui a dormir. La vida siguió su curso y yo continuaba destruyendo las agujas en mi destartalado tocadiscos con ese pocotón de discos desde los que se proyectaba aquella voz impresionante de Freddie Mercury quién por cierto, para esa época con bigote y cabello corto se distanciaba de su imagen glam de la década anterior y se parecía más al motorizado de Village People (disculpen que mencioné por segunda vez a los bichos esos, pero me divierte hacerles poner cara de asco a mis lectores).

Recuerdo también el tema “under pressure” con Bowie. Yo para el momento no sabía quién era ese tipo así que a la reina también debo agradecerle que me lo pusiera en el camino porque a partir de ahí David siempre ha ocupado un lugar importante en mi corazón melomano a pesar del impacto que en la época me causaron algunas fotos de atuendos en tarima en los que Bowie, más que un artista glam, se parecía era a Mirla Castellanos.

Después de “Flash” y “Hot space” por allá por el 82 más o menos comienza a enfriarse lentamente mi relación con Freddie y sus secuaces. La propuesta cada vez más comercial en la nueva década no era que me disgustaba propiamente , pero me invitaba de alguna manera a seguir escuchando aquellos primeros discos en los que estaba registrada de verdad la personalidad única del cuarteto. Ahora puedo recordar aquello; yo sentía que cada vez me alejaba más y más de mi reina del rock y me acercaba más a sonidos agresivos tipo Maiden y Metallica.

Cuando “Radio Ga Ga” y esas cosas yo me hacía el loco y miraba para otro lado, hasta que salió su disco en vivo “Live Magic” el cual presentaba todos esos temas azucarados de los ochenta pero en versiones más potentes y serias. Por tal motivo y con más fuerza que nunca volvió la fiebre a cuarenta grados por este grupete, y mi mamá feliz como una lombriz porque ella amaba la voz del dientón.

En un abrir y cerrar de ojos, mordiendo el año noventa llegué para trabajar en el mundo de la radio y comencé a vivir en un mar muy variado de sonidos rock y pop que de paso me producían algo de dinero para la arepa. El destino quiso que mi primer programa en las ondas hertzianas producido y conducido por mi fuera uno dedicado a la reina. “Gracias a la vida que me ha dado tanto” cantaba en aquella época, y lo sigo haciendo. Fue un programa de cuatro horas en los que sonamos muchas de las canciones que nunca aparecían en la radio. Era una valoración profunda de la banda más allá de los hits. Pero resulta, pasa y acontece que 15 días después de ese programa en Radio Satélite, el vocalista de la banda homenajeada por el joven y atractivo locutor, ¡Se murió! Qué sorpresita.

No había internet. Era otro mundo. No lo podía creer. Yo no sabía que estaba enfermo. Nada de nada. ¿Sida? ¿Qué es eso? ¿Una Sociedad Internacional de Animales? La noticia de Mercury templando la pata mató un pedazo de mi infancia sin duda. Nunca nada volvió a ser igual. La muerte de Lennon también me quebró en 34 pedazos pero bueno, esto era no sé. Estaba más grande y quizás podía entender mejor lo trágica que puede ser la vida cuando se convierte en muerte.

Después de eso más nunca me aparté de Queen. Programas hice miles con ellos en distintas emisoras y canales de tv. Todavía hago. Esa música ha continuado cerca de mis oídos siempre, por eso hoy siento que puedo hablar de música otra vez con la gente. Tenemos algo en común. Una obra para celebrar: La música de Queen y la increible voz de Mercury. Gracias de verdad a los que hicieron esa película porque los devolvieron a dónde pertenecen, a la palestra de los consagrados. Pero por favor no se les ocurra hacer una de Bad Bunny, mira que ustedes son buenos engrandeciendo a los artistas.

Foto: Cortesía Rockandpop