Simplemente Frank

César Arriba

Estábamos en medio de la fiesta beisbolera que supone La Serie del Caribe cuando llegó la noticia que rápidamente enlutó el corazón de todos los que amamos este deporte. Como balde de agua helada a las 4 de la madrugada y desnudo en la mitad de una calle en la Colonia Tovar nos cayó la información que indicaba el fallecimiento de Frank Robinson.
Un grande entre los grandes. Héroe de peso para la generación de mi papá; la que escuchaba juegos por radio, la que se enteraba de los resultados comprando el periódico, la generación que apenas podía ver un jueguito por semana en la TV. La mía arrancó con las mismas escuetas posibilidades de consumo en radio,prensa y TV solo que ya Frank se había retirado de los diamantes. La referencia en aquellos momentos era como dirigente y sus hazañas deportivas las aprendimos todas  gracias a los reiterativos comentarios de esos grandes locutores deportivos de los setenta y ochenta.
Luego llegó internet y la posibilidad de apreciarlo en acción a través de innumerables videos nos permitieron acercarnos a la leyenda. Tenían razón quienes lo vieron jugar, Frank era “una cacaita”. Que clase de pelotero ese negro. Fue “Novato del año”, el primer y único MVP en ambas ligas, triple coronado y campeón de serie mundial. Uno de los mejores peloteros de la segunda mitad de los años cincuenta y de toda la década de los sesenta. Y por si fuera poco, se convirtió en el primer manager afrodescendiente en las grandes ligas, cuando recibió la oportunidad por parte de los Indios de Cleveland en 1975.
Todavía no se había producido su retiro como pelotero, por lo que Robinson combinó su faceta de dirigente con la de jugador en esa ocasión. Después si, en el momento que la cuerpa pidió clemencia por el peso del almanaque  se dedicó solo a dirigir, oficio en el que duró 11 años.
Era un bateador espectacular. Durante mucho tiempo sus 586 jonrones de por vida solo podían ser eclipsados por las cifras de Aaron, Ruth y Mays. Terminó cerca de los 3000 hits, su promedio vitalicio quedó apenas seis puntos por debajo de los 300, remolcó 1812 carreras y de ñapa se robó 204 bases, porque de paso déjenme decirles que el hombre movía los remos. En defensa no fue jamás segundo de nadie al punto de llevarse en 1958 el “Guante de oro” como jardinero.
Su primera etapa fue con los de Cincinnati y siempre dejaba “rojos” de la rabia a los fanáticos de los otros equipos cuando los mataba a palos como si fueran gatas ladronas. En 1961 llevó a los escarlatas a la Serie Mundial pero no contaba con la astucia de aquellos Yankees quienes presentaban una alineación adornada por “cacaitas” como Roger Maris y Mickey Mantle. El temible carro de leña de Nueva York se coronó esa vez ante el conjunto de Robinson, un equipo especial que terminaría convirtiéndose en una maquinaria arrolladora en la siguiente década.
Hizo de todo con los Rojos de Cincinnati pero en 1965 el mandamás del equipo de Ohio, Bill De Witt decidió cambiarlo porque pensaba que Frank había entrado en declive y que ya no era joven. Fue traspasado a los Orioles de la Liga Americana y la reacción no se hizo esperar: en rueda de prensa alguien soltó, Mami ¿Que será lo que quiere el negro? y el hombre con el bate asesino respondió : “Demostrar lo equivocado que estaba De Witt” . Y llegó entonces 1966, el gran año.
Bateó 316 de promedio, con 49 jonrones y 122 empujadas. Triple coronado y de paso lideró a su nuevo “Team” para  lograr imponerse en la Serie Mundial. Por supuesto ganó su segundo MVP. ¡Que manera de cerrar bocas! Esa estúpida transacción me llevó a escribir lo que es hasta ahora mi más reconocido libro: ” ¡Que de pinga eres Bill De Witt, te la comiste!”. Un arduo trabajo periodístico que recoge testimonios de más de  dos millones de fanáticos que rompieron varios récords de mentadas de madre, dedicadas con carácter de exclusividad al odiado ejecutivo responsable de haber cambiado al ídolo de la gente en Cincinnati.
Por si fuera poco, en 1970 los Orioles enfrentaron a los Rojos en el clásico de Octubre y la venganza quedó totalmente consumada cuando los de Baltimore, la gente que si creyó en el supuesto pelotero decadente, pasearon a Cincinnati como si fueran muchachitos de colegio.
Con los pájaros ganó tres títulos de liga de manera consecutiva entre el 69 y el 71. Definitivamente fue un atleta nacido para triunfar. Dicen que en el “Club House”  ejercía con mucha naturalidad funciones de líder motivador, lo que por supuesto representaba una absoluta rareza viniendo de un pelotero de raza negra en aquella época. Hoy, por ejemplo, lo raro es ver a un catire en un club de pelota y mucho menos motivando a nadie.
Descansa en paz querido Frank Robinson, que nosotros no descansaremos hasta lograr que las nuevas generaciones se aprendan de memoria tus números y hazañas en los campos deportivos.