Green Book, ¿en serio Mr. Óscar?

Luis Peña

Comenzaré diciendo que Green Book me gustó. Una película con un buen ritmo, con una buena narrativa, sostenida por las sobresalientes actuaciones de sus dos protagonistas, hasta ahí.

Ninguno de esos aspectos le alcanza a la cinta de Peter Farrelly, para superar a una joya cinematográfica como Roma de Alfonso Cuarón, ni a una producción con una historia y un brillante guion (merecía ese premio) como La Favorita de Yorgos Lanthimos.

Sí bien, ya las tres horas y un poco más que llevaba la gala de los Premios Óscar del pasado domingo, la convertían en una de las peores de los últimos años: Sin un presentador (por primera vez desde 1989), sin premio honorífico, sin videos homenajes a algo, sólo fue un carrusel de entrega de galardones, cuyos presentadores eran anunciados por una fría voz en off, la noche podía salvarse si pasaba lo que debió pasar, que Roma, la cinta mexicana y universal, fuese anunciada como Mejor Película.

El displicente anuncio de Julia Roberts, al abrir el sobre y decir Green Book, terminó de enterrar la noche, la gala (para bostezar) y a la Academia, que tenía la oportunidad de premiar el riesgo, al arte y no a la complacencia. La Academia ha retrocedido, los Óscar empeoraron, dieron un paso atrás.

Si la premisa es premiar una cinta conciliadora, entretenida, sin importar que al cabo de unos años, nadie la recuerde, entonces Green Book es una genuina ganadora. En cambio, si la premisa es galardonar a un film con textura, con lirismo, conmovedor, inolvidable, la ganadora debió ser Roma. El eterno debate: Cine como entretenimiento o el Cine como arte.

Green Book, o como la llamó el periodista español Gregorio Belinchón, “Paseando a Miss Daisy 2”, es timorata, no se atreve, predecible en algunas secuencias, con un montaje sospechoso de haber sido nominado, con unos actores protagonistas que están por encima de la cinta, tan moralista que hasta un final navideño tiene. Es una película de Hollywood, en todos los sentidos. De esas que algunos especialistas llaman: blanqueadora. Una auténtica “Feel Good Movie”.

Ha ganado una película de la que uno de sus actores dijo: “He hecho lo que podido con el material que me dieron”. Green Book en suma, es una cinta amable, potable, para todos.

Los Óscar, al anunciarla como ganadora, perdieron la oportunidad de avanzar. Esta victoria (cobardía), es un mensaje a la industria Netflix, plataforma que produjo Roma. Y en esa decisión ha tenido que ver Steven Spielberg, uno de los grandes detractores del streaming, quien ha movido sus hilos, usó su poder, para promover a Green Book, por encima de Roma, precisamente por ese aspecto: ver al cine en un móvil, en una Tablet, o verla en las salas de proyección.

¿Qué celebramos Mr. Óscar? ¿El cine que arriesga, el de estado puro, o el potable, que concilia, y es planito? ¿El cine como arte o el cine como una misa?

Parece ser que para la Academia, el riesgo sigue siendo un delito. Y vaya riesgo que representa una obra como Roma, colocando al frente a quienes siempre estuvieron al fondo.

Roma, esa cinta sensitiva, generosa, magnifica, no ha podido romper ese muro de alzarse con la estatuilla más deseada, hablando un idioma que no es el inglés. Si no lo logró Roma, ¿qué esperará la Academia para hacerlo?

Simple: en 30 años, recordarán a Roma; en seis meses nadie hablará de Green Book.

Green Book, no es ni de cerca, la Mejor Película del año, y es en serio Mr. Óscar.

En esta edición, los Óscar han sido más Óscar que nunca.

¡Qué papelón!