Gabriela Mistral, la máxima poetisa latinoamericana de todos los tiempos

Marbelys Rodriguez

Un 10 de enero, pero de 1957, falleció la poeta, diplomática y pedagoga chilena, Lucila Godoy Alcayaga, mejor conocida como Gabriela Mistral.

Como poeta, es una de las figuras más relevantes de la literatura chilena y latinoamericana. Entre sus obras destacan Desolación, Tala y Lagar. Por su trabajo poético, recibió el premio Nobel de Literatura en 1945,​ convirtiéndose en la primera mujer iberoamericana y la segunda persona latinoamericana en recibir este reconocimiento.

De origen humilde, Mistral se desempeñó como profesora en diversas escuelas y se convirtió en una importante pensadora respecto al rol de la educación pública, llegó a participar en la reforma del sistema educacional mexicano. A partir de la década de 1920, Mistral tuvo una vida itinerante al desempeñarse como cónsul y representante en organismos internacionales en América y Europa.

Sus primeros escritos, los realizó como artículos de prensa, donde abogaba por la instrucción primaria obligatoria, con fuertes críticas al gobierno. posteriormente, publicó el poema “Tristeza”, donde manifestó el rechazo y la tragedia sentimental con su relación frustrada con Romelio Ureta, quien se había quitado la vida, y originó sus famosos “Sonetos de la muerte”.

Al ganar su primer premio literario, decidió utilizar el seudónimo de “Gabriela Mistral”, como trascendería, en homenaje a sus poetas favoritos Gabriele D’ Annunzio y Frédéric Mistral

En 1917, Julio Molina Núñez y Juan Agustín Araya publicaron una de las más importantes antologías poéticas de Chile, “Selva lírica”, donde Mistral ya participaba como una de las grandes poetas chilenas.

“Desolación”, considerada su primera obra maestra, apareció en Nueva York en 1922 publicada por el Instituto de Las Españas. La mayoría de los poemas que forman este libro los había escrito diez años atrás mientras residía en la localidad de Coquimbito.

Tras una gira por Estados Unidos y Europa, volvió a Chile, donde la situación política era tan tensa que se vio obligada a partir de nuevo, esta vez para servir en el viejo continente como secretaria de una de las secciones de la Liga de Naciones en 1926; el mismo año ocupó la secretaría del Instituto de Cooperación Internacional, de la Sociedad de las Naciones, en Ginebra.

A partir de 1933, y durante veinte años, trabajó como cónsul de su país en ciudades de Europa y América. Su poesía fue traducida al inglés, francés, italiano, alemán y sueco, y ha resultado muy influyente en la obra de muchos latinoamericanos, como Pablo Neruda y Octavio Paz.

Nobel de Literatura

La motivación para entregarle esta distinción fue «su obra lírica que, inspirada en poderosas emociones, convirtió su nombre en un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano».

Recibió el Premio Nobel, que otorga la Academia Sueca, el 10 de diciembre de 1945, en un discurso en que manifestó: «Por una venturanza que me sobrepasa, soy en este momento la voz directa de los poetas de mi raza y la indirecta de las muy nobles lenguas española y portuguesa. Ambas se alegran de haber sido invitadas al convivio de la vida nórdica, toda ella asistida por su folklore y su poesía milenarias».

A finales de ese año regresó a Estados Unidos por cuarta vez, entonces como cónsul en Los Ángeles y, con el dinero ganado con el premio, se compró una casa en Santa Bárbara. Allí, al año siguiente, escribió gran parte de Lagar I, en muchos de cuyos poemas se observa la huella de la Segunda Guerra Mundial, que sería publicado en Chile en 1954.

Cuestionada sexualidad

La sexualidad de la poeta fue muy cuestionada, tanto, que en algunas oportunidades se sintió en la responsabilidad de defenderla. Se mantuvo soltera toda su vida, algo que era poco usual en mujeres de la época, por lo que gran parte de sus relaciones han sido interpretadas a través de sus obras.

A los 15 años tuvo un amor platónico con Alfredo Videla Pineda, un hombre rico y más de 20 años mayor que ella, con el que se envió cartas durante casi año y medio.

Gabriela Mistral entabló una relación con el escritor Manuel Magallanes Moure, quien fue jurado en uno de los eventos, en que fue premiada. Impactado con el talento de la poeta, Magallanes comenzó a enviarle cartas y la relación epistolar entre ambos se convirtió en una con sentimientos más profundos.

Mistral eliminó gran parte de las cartas, al considerar que eventualmente podían ser consideradas una suerte de adulterio (ya que Magallanes era casado), pero algunas copias que él guardó reflejan el amor prohibido de Mistral por el escritor, rechazando sus insinuaciones de concretar un encuentro.

En 1946, conoció a Doris Dana, una escritora estadounidense con quien estableció una controvertida relación, y de quien no se separaría hasta su muerte. Existen documentos que reflejan que llegaron a ser muy íntimas. En el testamento de Mistral, Dana fue nombrada como albacea y custodió el legado de la poeta por más cincuenta años.

Al fallecer Dana en 2006, el epistolario que mantuvo con Mistral se hizo público gracias al permiso otorgado por la heredera de Doris Dana, su sobrina Doris Atkinson. La obra “Niña errante” fue publicada en 2009, en ella, se reproducen por primera vez algunas cartas que reflejan la relación íntima que mantuvieron ambas mujeres, incluyendo pasajes apasionados y de despecho.

Otro de sus grandes amores sería su sobrino, a quien crió como su propio hijo, el joven se mudó de Europa a Brasil, y no pudo adaptarse a su nuevo entorno por lo que decidió acabar con su vida, lo que significó un duro golpe para Gabriela Mistral y dio inicio a una de las épocas más oscuras de su vida.

Una larga enfermedad la llevó a la muerte el 10 de enero de 1957, falleció en el Hospital General de Hempstead de Nueva York; el pueblo chileno guardó tres días de luto en su honor.

Poema Amor, amor

Anda libre en el surco, bate el ala en el viento,
late vivo en el sol y se prende al pinar.
No te vale olvidarlo como al mal pensamiento:
¡lo tendrás que escuchar!

Habla lengua de bronce y habla lengua de ave,
ruegos tímidos, imperativos de amar.
No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave:
¡lo tendrás que hospedar!

Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas.
Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar.
No te vale decirle que albergarlo rehúsas:
¡lo tendrás que hospedar!

Tiene argucias sutiles en la réplica fina,
argumentos de sabio, pero en voz de mujer.
Ciencia humana te salva, menos ciencia divina:
¡le tendrás que creer!

Te echa venda de lino; tú la venda toleras;
te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir.
Echa a andar, tú le sigues hechizada aunque vieras
¡que eso para en morir!

Con información de agencias
Foto: Archivo