El Renny, rey de La Democracia

Miguel Santana

Hoy celebramos el Día de las Madres, y la abuela “Chucha” desde el cielo bendice a su querido nieto. Él, ha colado una foto en sus estados de Instagram y WhatsApp, como tributo a quien fuera su más importante figura materna, cuando la vida tan fácil no era. Renny era un niño más de La Democracia, por cuyas condiciones naturales y sangre de arquero fue llamado a la familia fútbol. Hijo de Vicente Vega, mítica leyenda vinotinto, era la propuesta genotípica del gato, que invitado estaba a cazar ratones. La gente lo recuerda por sus grandes atajadas custodiando el pórtico de la selección, pero más allá de la gloria, hay una historia que gravita en el recuerdo del joven que atrás quedó. Contarla es un contagio de sentimiento en modo superación, y eso que el tiempo ha pasado. Remontémonos a los 90. Revivamos los días.

Del pequeño que vendía mamones al comienzo de la avenida Casanova Godoy, poco queda. El espíritu invaluable de un guerrero, lo convirtió en perseguidor de metas sin descanso. ¿Y por qué? Porque la vida no es un libro con reglas a cumplir. Vivir no tiene formas, ni estilos. Y también, no menos importante: no todos los caminos son iguales. Para comer un perro caliente había que trabajar duro vendiendo refrescos en el Estadio José Pérez Colmenares, al que ahora ingresa siendo invitado de honor, y al que hubiese ingresado, de haber querido, como un elemento más de los aguerridos Tigres de Aragua, pero no. Renny tenía planes de escalar con determinación en el mundo de los arcos. Era eso o nada.

¿De dónde salió esa particular manera de atajar la pelota como si estuviese volando? De una cancha de baloncesto, ubicada en la avenida 19 de abril de Maracay, donde todas las noches entrenaba, sacaba provecho de su físico. ¿Cómo obtuvo ese carácter férreo, para en casi nadie creer? Fueron parte de las enseñanzas del difunto, pero importante “Indio” Motta. En la Universidad Central, escudo que en su infancia defendió, nunca un bolívar cobró, pero fue generando los intereses que más adelante, el deporte le pagó. Se cansó de ahogar gritos, fue verdugo de grandes delanteros e inseparable compañero de un amigo para siempre: Juan Arango. ¿Cómo olvidar los jugos de mora que preparaba la madre de la máxima referencia futbolística que ha parido este país? “Imposible, eran los mejores”, dice su pana, el arquero. ¿Cómo no en cuenta tener la importancia de reunirse para jugar Nintendo, porque en la casa de Vega aquello ni cerca estaba de llegar? “Me ayudaron mucho, son una gran familia”, agrega. Y lo más relevante: ¿cuánto vale la determinación para ir en búsqueda del futuro? Porque siempre fue así: luchador incesante, para nunca darle espacio a la más mínima duda.

“Renny un día se obstinó, porque le anotaron un montón de goles, y se fue de la UCV. Se vino a reforzar al Independiente Fútbol Club del barrio, como delantero. Marcaba goles, porque era un tipo demasiado talentoso”, confiesa una fuente anónima y compañero de batallas. ¿Y luego, qué pasó? “Volvió, porque entendió el significado de saber esperar tu momento. A partir de ahí, más nunca nadie lo pudo detener”, asevera. Nadie le ganaba en cuestiones de ser fuerte y jamás desistir. Por eso, el éxito aguardaba por él.

Sin sábanas, pero con toda una sabana por recorrer, se fue a Táchira, donde todo comenzó, viviendo en una casa club. Después, vino Italia, y una brillante carrera que, en el país, todos aplauden: Eliminatorias al Mundial, Copas América, Libertadores y cuanto campeonato haya. Su asistencia en el gol de Perozo contra Paraguay en Argentina 2011 y su fallo ante Bolivia rumbo a Brasil 2014, marcaron la historia de un ser que, por las mismas razones del destino, le pasó lo mismo que a cualquiera: acertó, erró y lo vivió. De Renny Vega hay que destacar mucho más que lo deportivo. “Siempre he tratado que los míos sean felices, porque es lo que me genera felicidad. Una vez, en el barrio pusieron una pantalla gigante para ver los partidos de la selección en la Copa América. Eso es algo que me quedará grabado en el alma para siempre”, confiesa. Que pasen los años sin piedad, pero que quede la leyenda enmarcada en las calles de un pequeño, pero querido sector. Unas veces, se fue a La Victoria para contar monte en compañía de gente querida. Otras veces, viajó el vuelo chárter con máximas comodidades, pero en todas esas vivencias, algo siempre consigo llevó: sus formas.

Cuando la pandemia pase, reiniciará con fuerza el impulso de sus más importantes proyectos. Como siempre, estará apoyado por la bendición de su abuela, y el abrazo de los más humildes. Dice que será agente, aunque todo apunta a que institucionalizará sus estilos en algún lugar. Sea lo que fuese, bien le irá, porque la mística de su ser no tiene comparación. Renny Vega parece ser un nombre demasiado venezolano como para haber pisado tantos escenarios mundiales, pero nadie es de ningún lugar, cuando los sueños se sustentan con trabajo real.