El día que le cerraron la Boca al Real Madrid

César Arriba

Por: César Arriba

@cesararriba

Fue un día histórico. Aquel 28 de noviembre del 2000. En Japón era de noche y en Guacara , donde yo estaba, el pitazo inicial se dio a las 7 de la mañana. Versión 39 de la Copa Intercontinental de fútbol que enfrentaba al todopoderoso galáctico cojonudo supermillonario Real Madrid contra el glorioso bostero piojoso xeneize arrogante argentino Boca Jrs. El rey de copas de Europa contra el equipo del sur de América ganador de muchos títulos locales y continentales. Un Boca al que lo único que le faltaba ganar, en su pedazo de planeta tierra correspondiente, era la Serie del Caribe.

Titular de Liga de Campeones contra el ganador de la Libertadores. 52511 personas se dieron cita en el Estadio Nacional de Tokio para el evento. Se calcula que el 83 por ciento de los asistentes pagaron sus entradas y el resto, según las malas lenguas, y las buenas también, se colearon. Madrid era el gran favorito entre los apostadores, mientras los pocos tipos valientes y arriesgados como yo pusimos en riesgo nuestro dudoso patrimonio en apoyo del equipo argentino. En mi caso, como no tenía dinero, aposté un concierto en vivo de Roberto Antonio en VHS y mi colección de revistas de Kalimán.

Se hablaba de una defensa madridista de hierro con Fernando, un mediocampo creativo con Figo, Makelele, Helguera y Guti, y todos por supuesto, desembocando su fútbol en los botines talla 34 de Raúl, el popular “fiscal de maqueta”. Un trabuco interespacial que contaba con Iker Casillas como piloto del platillo volador. Así que de pana, pensar en un Real derrotado en ese juego era más difícil que reírse de los chistes de Markomúsica.

Boca tampoco es que era una mantequilla. Era el conjunto liderado por el gran Román “orejas de pastelito” Riquelme (saludos a Diógenes Nazar) y el loco de carretera más efectivo a la hora de anotar goles que hayan visto jamás estos ojos de galán: Martiiiiiiiiiiiiiiiiín Paaaaaaaaaalermooooooo. Dirigidos por el prestigioso Carlos Bianchi, los tipos de Boca definitivamente no se sentían intimidados por los billetuos españoles. Y así lo demostraron apenas comenzando el juego. Cuando el Madrid todavía no había terminado de cantar el himno de España, ¡ZAS! ya tenían dos goles en contra.

Iban 6 minutos de partido y ya Palermo, comportándose como un delantero macho de verdad, había marcado dos pepinazos. Delgado y Riquelme se encargaron de ponerle la pólvora al loco para que facturara. El panorama para el Madrid luego de haber sido tomados por sorpresa era más feo que la palabra “sobaco”. Luego de los goles sureños, los galácticos como que se dieron cuenta de que la final intercontinental había empezado y trataron de ponerse las pilas. Su respuesta llegó a través del lateral Roberto Carlos. Al minuto 12 de ese acontecido primer tiempo el talentoso brasileño mandó una pedrada que de haber golpeado a algún futbolista en cancha le hubiera arrebatado la existencia de un solo mamonazo. GOOOOOOOL del Madrid y la cosa se ponía más apretada que pantalón de torero.

El lateral del Madrid, al igual que el cantante de su mismo nombre, se había ganado “un millón de amigos” con ese gol. Un millón de panas nuevos repartidos entre fanáticos del Real y seguidores del River Plate, el enemigo argentino de Boca que obviamente, como buenos “haters”, estaban ligando que sus compatriotas hicieran el ridículo en esa final internacional.

Recuerdo estar frente al pequeño televisor del departamento de prensa de Radio Satélite, en la cálida y excéntrica Guacara, comiéndome las uñas de los pies, más asustado que marido que sale a trabajar y deja el Facebook abierto en casa. Pero al final gané la apuesta porque Riquelme agarró el balón y se lo amarró al tobillo para frenar el ímpetu europeo y mantener las cosas de ese tamaño hasta el pitazo final. Boca 2 Madrid 1 y a celebrar.

El xeneize lo gritaba a todo pulmón. Era una conquista enorme. Por la importancia de la copa y por la grandeza del rival. Una especie de reivindicación sudaca. Porque ya va, estemos claros, en ese momento Boca era un gigante del deporte, aquí, entre nosotros. Pero para el ego europeo, sin importar historia y acumulación de títulos, Boca era el enano aquel de la serie que decía “el avión jefe, el avión”.

El club argentino ganaba una intercontinental por segunda vez, recordando que lo lograron inicialmente en el lejano 1977. Con esta conquista igualaban a Real Madrid con dos títulos de ese calibre y después les tocaría celebrar de nuevo cuando vencieron al Milan tres años más tarde. Para Carlos Bianchi era el reencuentro con ese nivel de gloria ya que en el 94 había saboreado el envidiable manjar con el equipo de Vélez.

Sexto club argentino y undécimo club sudamericano en vencer a un campeón de Europa en una competición oficial. Historia imborrable. Triunfo del talento sobre el billete. Ah, se me olvidaba contarles lo de mi premio por la apuesta, que no lo había mencionado pero fue con el periodista de turno en la radio. Mi triunfo se vio reflejado en un almuerzo ejecutivo de esos típicos sopa seco y jugo -de parchita artificial por cierto- con café guayoyo para la sobremesa y de paso el alivio de saber que podía seguir conservando mi concierto de merengue y mis revisticas del musculoso héroe de blanco, Kalimán. 28 de noviembre del año 2000, el día que le cerraron la BOCA al Madrid.