Aferrado a la vida y atado al amor del fútbol

Miguel Santana

Férreo en la marcación y sólido en cada salida, la prestancia de su accionar lo hace ver como un tipo seguro de lo que hace y decidido en momentos oportunos. Los delanteros confirman que enfrentarlo, es medir fuerzas contra un guardián de la galaxia futbolera, que así sea lanzándose sobre la cornisa, buscará resolver saliendo airoso ante el sonido del pito que decreta lo que odia todo zaguero: una falta. Ya sabe qué es jugar en Deportivo Táchira, uno de los elencos más grandes de Venezuela, ha vestido la camiseta vinotinto, es íntimo amigo del capitán Tomás Rincón y se convirtió en el hombre cuyo nombre unió al balompié nacional por un anhelo en común: verlo ahí, listo para la acción y desarticulando chances de gol.

Daniel es un punto de encuentro, un sentimiento que recorre teléfonos y pensamientos, una noticia positiva que con ansias todos esperamos y una historia que se adentra en los corazones para hacerlos latir a otro ritmo. El efecto de su fe, manifestado en cada relato que exhibe en sus redes sociales, muestra que se trata de un tipo creyente de las obras milagrosas, sabiendo que en el arte de Dios quedará plasmado su rostro, con la elegancia de una sonrisa que al mundo regalará mientras vuelve a pisar la verdosa grama que tanto lo extraña. Su eterno técnico le ha pedido que tenga paciencia, porque a este nuevo rival hay que marcarlo con astucia, minuciosidad y firmeza emocional. Este elemento es escurridizo, dañino y ofensivo, pero ninguna de estas características alcanzará para superar los argumentos de una persona nacida para triunfar en el estadio y en los estudios. Su fuerza va más allá de aguantar 90 minutos rindiendo a plenitud de condiciones. Eso, si acaso, en un placer de vida. Lo demás, es vida en estado puro, transformándose en su lucha de todos los días, dando un paso a la vez. Ganará, porque nunca ha sido diferente, porque siempre ha sabido qué hacer para cumplir con lo encomendado. Si el juego contrario va a ras de piso, entonces se lucirá; si quiere ese contrincante va a volar, verá cómo el cabezazo defensivo de Benítez anticipará cualquier ataque. Nada estará por encima de un inmenso deseo de vivir, para ser y hacer lo que desee.

Mientras usa el celular, es testigo del inmenso amor que suma sentimientos procedentes de muchos lugares. La empatía del balompié criollo, en medio de los sinsabores más grandes del último tiempo, contextualizado por la impiadosa realidad mundo y arrastrado por el sinfín de problemas transitados en caminos irregulares, no baja su intensidad. Cada quien, desde su tribuna, a diario le pregunta cómo está, qué tiene, cómo se siente y cuentan que saldrá adelante. ¿Cómo ceder si quiera un milímetro en esta zona de marca, cuando tantos compañeros están contigo, para ayudarte a salir sin problemas? Lo puede enfrentar Goliat, pero muchos David estarán al lado del atleta, porque en esta oportunidad, las reglas permiten una línea defensiva compuesta por centenares de miles, usando diferentes camisas, pensando con formas que en nada se parecen, pero amando por igual.

Y eso, al final, es lo que nos importa. Todo aquello es lo que Daniel nos ha enseñado y dejará para contar en el libro que le haré cuando salga de esta. Dentro de lo más importante, el fútbol es lo menos relevante. Su lucha es el motivo de quienes a su lado estamos peleando. Nadie se rendirá mientras existan opciones de tener el marcador a favor. No se sabe qué es vida y no se sabe qué es fútbol. Al final, todo es lo mismo. Se parecen tanto que juntos andan en el mismo sendero. 

A Daniel solo basta decirle que estas líneas son nada delante de sus récords como persona y profesional, pero quedan plasmadas para intentar definir lo que sentimos aquellos quienes lo mejor para él queremos. Ya llegará el momento de festejar sus nuevos éxitos deportivos. Hoy, hay que golear al miedo, y eliminarlo en esta fase clave.