Mesut: de sangre azul a turco rojo

Alba PenaAnálisis, Deportes, Fútbol, Internacional

Mientras el balón corría a merced del botín derecho, la sangre azul de Mesut salpicaba en suelo carioca. Había que dejarlo todo, porque el niño que vio caer a Oliver Kahn, se convirtió en hombre vengador. Müller asestó el primer golpe, y Klose cerró su carrera como goleador histórico de los mundiales apenas minutos después. Kross facturó por duplicado; Khedira logró que de que él hablaran bien, y Schürrle, de toque punzante, hizo llorar a Brasil. Alemania goleó 1-7 a los dueños de casa, y desnudó tantas fallas como dianas marcó. Özil se convirtió en uno de los talentos teutones felices. Solo faltaba un paso para la cuarta corona. Todo era alegría.

La escalada diplomática entre Alemania y Turquía se encona, y entonces nada vuelve a ser como se pensó una vez sería. A pesar de su codependencia económica, la tensión entre ambos Estados aumenta, y es imposible obviar una cifra que forma da a esta situación: millones de descendientes turcos viven en territorio germano, y millones de alemanes viajan a playas y sitios históricos turcos. A eso sumémosle que compañías alemanas como Deutsche Bank y Volkswagen hacen negocios en suelo otomano, con volumen comercial entre Berlín y Ankara, de alrededor, 36 mil millones de dólares anuales. La ascendencia turca de Mesut parece nada al lado de esto, sobre todo teniendo en consideración que en tierras amazónicas va a una final.

Han pasado cuatro años, y claro está que algo bien no va. Özil es una hoja de otoño en primavera, que arrinconado oculta en silencio la incomodidad de su presente. El juego vistoso alemán fue arropado entre sarapes, y neutralizado con los guantes de “Memo” Ochoa. México venció al campeón, y el hombre de Arsenal está cabizbajo. La gente pregunta qué pasa, y en el punto previo al colapso, Kross hace de su gol una anotación distante de la realidad, y perfecta para de pie al planeta entero poner.

Debía ser Corea un escollo de niño que gateando se hace caminante, pero terminó siendo detonante de un conflicto que conceptualiza al fútbol como fenómeno sociológico. Kim y Son fueron el muro que Alemania no superó. Pasaron 80 años para que la inoportuna desazón les sorprendiera en primera ronda. La culpa tuvo nombre: el turco Mesut. Abanderaba la cruzada por la integración del colectivo turco-germano, apareciendo en una foto con Recep Tayyip Erdogan, mandatario del país donde su familia nació, visibilizando una situación de la que víctima se expresa.

Mesut Ozil junto al presidente de Turquía Recep Tayyip Erdogan.

Hubo corrientes que hicieron sonar al río de la opinión. El presidente del Bayern le pegó con una aseveración lapidaria: “desde hace años, su juego es basura”. Como Uli Hoeness piensan muchos, quienes lejos de la blanca quieren ver al ex Real Madrid. Han quedado 23 goles en 92 partidos, y engavetada está la ilusión de un centenar al servicio del país que hasta hace días defendía. Todo acabó sin tiempo de terminar. Mesut seguirá siendo un campeón, que sangre roja tiene en sus venas.

 

Por Miguel Santana @SantanaDeportes