Guairista: lo que se siente no se explica

Alba Pena Análisis, Beisbol, Deportes, LVBP

Por Miguel Santana | @SantanaDeportes

 

El batazo de Edgar Cáceres y la atrapada de Argenis Salazar, se combinaron en un momento histórico para Tiburones de La Guaira en 1986. La victoria por 2-0 sobre Leones del Caracas, en una final por demás disputada, significó el séptimo título guarista en la vida de una escuadra que ha visto desfilar a grandes exponentes del béisbol profesional venezolano. Defender con gallardía la corona hasta reeditar dicha gloria presagiaba grandes éxitos con el devenir de los acontecimientos, pero todo quedó ahí, como un reloj de pila agotada, que no ve mover sus agujas mientras pierde cuanto tiempo transita. Han pasado 32 años desde aquel episodio, lo que indica algo a tener en cuenta: dos generaciones no saben qué es disfrutar un campeonato, pero ahí están, haciéndose sentir en el Universitario de Caracas, como devotos de una causa que con su alma defienden. Vargas, con sus hermosas playas, suspira en medio de la desazón, apretando puños en búsqueda de explicaciones con amargo sabor. Muchos incluso piensan que no lo merecen, pero la franela azul es el amor de sus vidas, y cuando estás enamorado, perdonas todo.

En el tercer partido de esta recién nacida temporada, La Guaira vino de atrás para vencer a Cardenales de Lara 5-4, en una novena entrada de infarto, con José Duarte como principal protagonista. Casi 5000 personas se dieron cita en un escenario que llevan tiempo visitando en búsqueda de la sonrisa perdida, pero parecen estar dispuestos a no rendirse, del mismo modo que no lo hacen todas las mañanas cuando tienen como misión encontrar el pan. Los guaireños son persistentes, entendiendo que no importa cuánto deban esperar, al final del camino una recompensa habrá. En tres décadas, una y otra vez, han sido arponeados, sacados del mar de la ilusión con heridas de profunda gravedad, que afectan en lo numérico, pero nunca en lo emocional. El optimismo salado suele ser dulce.

Aquí van nuevamente, para intentarlo por enésima ocasión. Todos vuelven a ser uno, desde el cabello canoso que camina en los pasillos del estadio, hasta aquel recién nacido, que en los brazos de su padre estrena uniforme sin haber sido consultado al respecto. Son miles de almas diferentes, gemelas por un sentimiento. Los Tiburones son claro ejemplo de amor puro, sin peticiones de explicación alguna. Ser fanático guarista no se explica desde lo cuantitativo, sino con la mano en el corazón, creyendo que vamos “pa encima” en una sola voz. Es esta la bitácora 33 de un recorrido por el desierto, donde nada encuentras todavía, pero algún oasis hallarás si no te permites rendirte. Oswaldo Guillén promete que, en esta oportunidad, la pasión por su divisa hará que cada quien se entregue el doble, porque, frente a sí, los rostros de cada parlante hablan solos. Y es momento de vencer.

Los festejos de un campeón quedaron en las orillas de Macuto, donde con atención se escuchó que en la Clínica El Ávila, nació la primera bebé venezolana por fecundación in vitro, llamada Coromoto Josefina Molina. Ahí también presenciaron, a color, el estallido del transbordador espacial Challenger, y con siete cetros dejaron una vitrina que más pedía. En Los Corales también están, superando aún los embates de una tragedia natural, pasando por Catia La Mar, donde las gorras no se dejan empolvar. Es sencillo, para no darle más vueltas a un asunto peculiar: pase lo que pase, la insignia va encima de los latidos.